HISTORIA


“Lengupá en la Historia”

Por: Gustavo Humberto Rodríguez

UN RÍO Y TRES CULTURAS

(Cap. I)

En un lejano día de aquellos oscuros siglos de la misteriosa prehistoria colombiana, los indígenas pobladores de las llanuras orientales, descendientes de caribes —guerreros e indómitos—, acosados por la inclemente pradera que los diezmaba con su sol de canícula, avanzaron en son de invasión y conquista sobre las cumbres andinas de Cundinamarca y Boyacá, en donde arrinconaron a los tímidos y contemplativos chibchas.

Una de esas corrientes migratorias provenientes de los llanos de Casanare penetró por el oriente andino, siguiendo el curso del río Garagoa, como otras lo hicieron por el Guavio, por el Cusiana, por el río Upía y por el río Lengupá[1].

Con los elementos humanos que integraban la migración que penetró por el Garagoa se fundó años más tarde el gran imperio chibcha de Ramiriquí, con mezclas etnográficas, idiomáticas y religiosas de origen caribe, imperio del cual fueron vasallos los caciques de Siachoque, Tibaná, Viracachá, Jenesano y Turmequé.

Fue aquel cacique de Ramiriquí muy dominador y avasallante, en forma tal que posteriormente irrumpió por los predios de Hunza, hoy Tunja, en donde edificó el imperio del Zaque. Inclusive sentó sus reales plantas en los valles de Zaquenzipá —que en la Colonia llamamos Villa de Leiva—. Portador de los nuevos elementos civilizadores procedentes de oriente, en todas partes introdujo su sangre renovadora, su espíritu despótico y el hasta entonces desconocido culto al Sol, que resultada irreverente en un pueblo cuyos ritos se dirigían a adorar el agua[2].

El cacicazgo de Ramiriquí Rami-rraqui, o “tierra blanca” en lengua aborigen, era todo un imperio desplazado sobre el estrecho y reducido terruño que pisaba el pueblo chibcha. Construyó allí el gran templo de Baganique, a cuyas cuevas acudían solícitos los pueblos vasallos y los sometidos a adorar a una nueva divinidad, el Diablo, que representaban como un enorme pájaro. Tibaná, Turmequé, Garagoa, Siachoque, Tenza, Sutatenza, iban hasta él a rendirle tributo. Los páramos y los valles de esta vasta región se llenaron de piedras pintadas con jeroglíficos y figuras humanas, una manera de expresión hasta entonces desconocida. Los sitios, las vertientes, los ríos y las quebradas, recibieron nombres conforme al dialecto aborigen. Mocasía, Susía, Guanatá, Ayatá, Chapasía, Juratá, Juracambita y tantos otros, fueron nombres que nos dejaron en estas regiones con acento melódico, descifrables muchos de ellos.

Estuvieron muy atentos al nacimiento de los ríos, para adorarlos y entretejer sobre ellos una leyenda. Para eso la naturaleza era pródiga. En predios del señor de Ramiriquí, en las serranías de los Andes orientales que allí se denominan de Caguatá una, Vijagüal otra, así como el Peñón de la Galera —hoy territorios limítrofes entre Rondón, Siachoque y Ramiriquí— daban nacimiento diversos manantiales, algunos de los cuales se trasformaban bien pronto en verdaderos ríos. Así nació el Garagoa. Así nació también el río Lengupá.

En efecto, en las cimas del Peñón de la Galera, en los límites del actual municipio de Siachoque con el de Rondón, antes San Rafael, al oriente del páramo de “La Chapa”, que lo separa de Ramiriquí, un pequeño manantial que en días invernales se torna en pequeña laguna, entre lánguidos bejucales que soportan impasibles la ventisca, se origina un fino hilo de agua que brota ansioso y cristalino, y que los muiscas de Ramiriquí denominaron Mueche. En sus contornos rodaban las esmeraldas por entre territorios volcánicos que les servían de culto y de espanto.

Curiosos los indígenas siguieron su curso y advirtieron que muy pronto se precipitaba por entre rocallosos cerros que le abrían un cauce profundo, y que luego caía al valle, cálido y mortífero. Hasta allí pudieron llegar los indígenas sin riesgo, y entonces lo denominaron “Lenguapaba”, un nombre que la conquista castellana transformó en “Lengupá”, y que significa la “frontera del indio”, o el “fin del dominio del padre”[3].

Los chibchas quisieron indagar por la suerte final del río y llegaron hasta la proximidad del valle. Allí se detuvieron, pero no establecieron caserío estable por tratarse de tierras inhóspitas, selvas enmarañadas a las que bautizaron con diversos nombres, pero a las que no poblaron sino con pequeños grupos humanos. La llamaron “Zetaquira”, que significa “tierra de culebras”, por la abundancia de reptiles que merodeaban sus vegas. Desde allí contemplaban el formidable Peñón de la Galera sobre el cual se deslizaba el río, cubierto casi siempre por la espesa neblina que ennegrece la colina.

Hasta esta región llegaron las fronteras del Señor de Ramiriquí, porque las vegas profundas estaban llenas de selváticas marañas y de una naturaleza hostil, y porque el Río Grande —así llamaron los españoles al Lengupá— les imponía un alto obligado en el camino. El Lengupá llega al valle y sigue su curso por una hoya feraz y ardiente, y torrentoso y cada vez más agigantado la atraviesa por entre dos cordilleras de suave declive, para ir a desembocar al Upía, un río que nace en el Lago de Tota.

Hasta esta hoya del Lengupá llegaban los linderos del reino de los chibchas, porque luego empezaban las moradas de los pueblos fronterizos. De los “achaguas” y los “cusianas” localizados en lo que hoy es Chámeza. De los “teguas” —una curiosa tribu de curanderos y yerbateros— en la región que corresponde a Campohermoso. Más abajo los “sálivas”, los “tunebos” y los “guahibos”, ya en tierras planas de los Llanos de Casanare. Por eso se llamó Lengupá: porque allí terminaba el imperio de los Muiscas.

El Lengupá sirvió, entonces, para recoger en sus vegas tres pueblos indígenas de diversas procedencias y civilizaciones.

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[1] TRIANA, Miguel. La civilización Chibcha. Bogotá, 1970, pág.95.

[2] Ibíd., pág., 96.

[3] El nombre “Lengupá” tiene similitud con el de “Lenguazaque”, que significa “frontera del zaque”. Sin embargo algunos consideran que su significado es: sitio (len) del río (gua) del padre o jefe (paba). Véase el libro “El idioma Chibcha”, de Joaquín Acosta Ortegón, Bogotá, 1938. Fray Pedro Simón lo llama “Mengupá” (Noticias Historiales, Bogotá, 1953, t. II. p.41) del que dice que es “por aquella parte el término y mojones de las provincias de los moscas”.